REPORTAJE: Cultura Nocturna – Berlín

Berlín se ha convertido durante los últimos años en el epicentro de la música electrónica a nivel internacional. El famoso sonido alemán, abanderado por sellos best seller como Kompakt, Traum, Sender, Areal, Perlon o Playhouse, toma su máxima expresión en los festivales, clubes y tiendas de discos de la capital germana. En este sentido, ciudades como Detroit, Chicago, Londres o Nueva York han terminado cediendo su testigo a la capital germana, de forma que de un tiempo a esta parte la ciudad se ha convertido en una de las mayores factorías de maxis y elepés del mundo. No en vano, allí se han trasladado desde los colosos estudios de la MTV hasta la tradicional feria musical Popkomm, pasando por un sin fin de figuras tan influyentes como Richie Hawtin, Daniel Bell, Jamie Lidell, Savas Pascalidis, Ricardo Villalobos o Luciano. Nosotros junto con el porno en países como Argentina, aunque fuera por unos días, tampoco queríamos perdérnoslo. Compra los billetes, pilla una habitación, prepara el equipaje y hazte con un mapa, que nos vamos a Berlín.

I entrega: la ciudad de día

Algo menos de tres horas de vuelo separan Madrid de la capital germana. Tiempo más que de sobra para charlar sobre la escena berlinesa con algún artista local como Joshua Smith (uno de los últimos invitados de Gerardo Niva para actuar en la popular Goa) o incluso para encontrarse a un dj Hell que, tras su movidita actuación de la noche anterior en la sala Macumba, ha decidido tomarse el vuelo con más calma y sumergirse en las siliconadas páginas de su Playboy… Ding! “Por favor, señores viajeros, abróchense el cinturón, bla, bla, bla”. Aterrizamos en Berlín.

La capital germana es una ciudad que merece ser explorada rincón a rincón. Cada barrio, cada parque y, si me apuras, cada calle esconden algo en lo que sería imposible reparar si no es pasando explícitamente por allí. Por ello, una buena alternativa pasa por alquilarse una bici, el medio de transporte favorito de los berlineses. Y es que la ciudad realmente invita a ello: con un millón de habitantes más que Madrid y casi el triple que Barcelona y todo su porno español, en Berlín curiosamente el tráfico brilla por su ausencia. Así, sus ciudadanos conviven desde hace años con estos limpios vehículos de dos ruedas, respetándolos en los cruces, habilitándoles carriles específicos o permitiendo su entrada en el subterráneo. También podemos utilizar otros medios de transporte alternativos como el tranvía o el mismo metro, en el que la ausencia de torniquetes habla por sí sola del civismo y el sentido de la responsabilidad de los teutones. Con todo, resulta más que conveniente hacerse con una buena guía de la ciudad o, lo que es mejor, intentar que sean los propios berlineses quienes guíen nuestros pasos. Y es que el famoso mito que asegura que los alemanes son gente cuadriculada, fría y distante se disipa al poco tiempo de poner un pie en la ciudad: amables y hospitalarios, los berlineses se muestran accesibles y dispuestos a echarte una mano siempre que haga falta. Sólo así podremos exprimir a fondo todo lo que una ciudad como Berlín puede ofrecernos. Pero dejémonos de teoría, y salgamos a echar un vistazo.

A la izquierda, las impolutas cristaleras de un edifico futurista reflejan las ruinas del inmueble de enfrente, uno de tantos testimonios de la devastación de la guerra que hoy luce nueva cara tras ser reconvertido en galería de arte contemporáneo. Un poco más allá, un pequeño grupo de personas reza ante un discreto homenaje a las víctimas del Muro, símbolo palpable de cómo una ideología puede separar físicamente a miles de familias durante casi treinta años. A nuestra espalda, varios aficionados al hip hop improvisan unas rimas en plena calle bajo la atenta mirada de un grupo de ejecutivos agresivos que, en ese preciso momento, toman su sándwich sentados en el césped. Allá donde se mire, en el mismo lugar donde hace apenas 60 años sólo había odio, ruinas y miseria, hoy la palabra Liebe cobra vida en un sin fin de graffitis, esculturas modernistas y panfletos callejeros. Así es Berlín, una ciudad que se niega a renunciar al pasado, pero que insiste en mirar al futuro. Todo cabe en la capital germana.

Resulta frecuente, por tanto, que las largas noches de electrónica alemana y los intensos días de un lado a otro de la ciudad estén separados por escasas horas de sueño. Y es que no sólo de electrónica vive el hombre, y menos aún en una metrópoli como Berlín. Por ello, lo mejor que se puede hacer por la mañana temprano es agarrar la cámara de fotos y salir a ver la ciudad. ¿Por dónde empezar? Un buen comienzo podría ser la famosa Puerta de Brandemburgo, el Reichstag alemán (obligatorio subir a su cúpula de cristal) y los nuevos edificios gubernamentales, situados a uno y otro lado del río Spree. Tampoco podemos dejar de pasar por la famosa Alexanderplatz y su Fernsehturm, la emblemática torre de la televisión alemana que, además de contar con los mismos metros de altura que días tiene un año, aloja un espectacular restaurante giratorio decorado al más puro estilo James Bond en los ´60. Otra opción interesante la encontramos en el corazón del Berlín occidental, concretamente en la Postdamer Platz y sus inmediaciones. La zona está plagada de resplandecientes rascacielos y diversos logros arquitectónicos entre los que se encuentra el popular Sony Center, con su inevitable diseño futurista y su más que tentadora tienda oficial. Muy cerca de allí también podemos visitar la Gedächtniskirche, una curiosa iglesia que los berlineses han querido conservar tal y como la dejaron los intensos bombardeos aliados sobre la capital, y de ahí que popularmente también se le conozca como el “Diente Hueco”. Sin embargo, éste es sólo unos de los cientos de testimonios que recuerdan el horror de la guerra.

Del más famoso, el Muro de Berlín, se conservan varios fragmentos a lo largo de toda la ciudad. El más extenso lo podemos encontrar en la Berlin Wall East Side Gallery, una sección de tres kilómetros de Muro que hoy aparece pintada por diversos artistas procedentes de medio mundo. Otro de estos fragmentos, esta vez luciendo toda la crudeza de su gris cemento, linda con la Topografía del Terror, una siniestra exposición sobre la barbarie nazi situada exactamente en el mismo terreno que hace 60 años ocupaban las sedes de las SA y las SS alemanas. Y si después de pasar toda la mañana de un lado a otro todavía nos quedan fuerzas para ir a algún museo, estamos de suerte porque la ciudad ofrece todo tipo de posibilidades: desde un museo dedicado íntegramente a Los Ramones en pleno barrio de Kreuzberg o el Schwules Museum (el único museo gay de Europa) y sus controvertidos tributos a personajes históricos como Thomas Mann o Greta Garbo, hasta el espectacular Museo de Pérgamo o el imprescindible Museo Judío (con su escalofriante Torre del Holocausto).

Entre rugido y rugido el estómago nos va recordando que se acerca la hora de comer. La pregunta es, ¿hay vida más allá de la típica salchicha alemana con cartofel? La hay. Al igual que ocurre con los museos, la oferta gastronómica de la ciudad es muy amplia, si bien no tardaremos en darnos cuenta de que la cocina oriental es una de las favoritas de los berlineses. Basta dejarse caer por cualquiera de los numerosos restaurantes orientales situados a lo largo de Oranienburger Strasse (la arteria principal de Mitte) para darse cuenta de que el curry, el cus cus y la soja triunfan casi más que la calorífica dieta germana. Eso no quiere decir que debamos irnos de Berlín sin comer en un restaurante típico acompañados de una buena jarra de bier alemana. Existe también algún que otro restaurante de comida mediterránea, pero ya se sabe que como en casa…

Para bajar la comida nada mejor que darse una vuelta por algunos de los barrios más emblemáticos de la ciudad. Encabezando la lista nos encontramos con Mitte, centro neurálgico de la vida artística berlinesa y uno de las zonas más de moda de la capital. Para comprender cómo el antiguo corazón de la decrépita zona soviética ha llegado a alcanzar este protagonismo debemos remontarnos al 9 de noviembre de 1989. Nada más caer el Muro, numerosos jóvenes artistas procedentes de la parte occidental decidieron mudarse a la zona oriental e instalar allí sus estudios, animados por los bajos alquileres y la abundante herencia de inmuebles vacíos que el régimen comunista había dejado tras de sí. Fruto de ese éxodo masivo Mitte pronto se convirtió en un conglomerado de galerías de arte independiente y exposiciones de lo más variopinto que todavía hoy marcan la personalidad de este atractivo barrio. Pero como era de esperar, a este auge cultural le siguió un inevitable boom comercial, de forma que durante los últimos años Mitte se ha ido llenado de un buen número de exclusivas tiendas que hacen gala de lo último en tendencias. Eso sí, junto a lo más de lo más en ropa vintage, los escaparates más espectaculares que uno pueda imaginarse o la inevitable Adidas Original Store, podemos encontrar librerías especializadas en cómics, bajos en los que se venden todo tipo de objetos retro que desatan la nostalgia del más entero, o tiendas de segunda mano como Kleidermarkt Garage, donde la ropa se vende al peso, concretamente a 25,95 euros el kilo.

Si nos dirigimos al noreste llegaremos a Prenzlauer Berg, un bohemio barrio atravesado por la calle Kastanien Alle, que viene a ser algo así como la Fuencarral madrileña, con sus acogedoras teterías en las que siempre merece la pena parar a tomar algo. Cerca de allí también podremos dar una vuelta por una antigua fábrica de cervezas que hoy alberga unos cines, un teatro, numerosos comercios y, como no, alguna que otra cervecería típica alemana. Por si aún no tuviéramos suficiente, todavía podemos recorrernos la interminable Friedrichstrasse, donde cientos de pequeños y medianos comercios conviven con las espectaculares galerías Lafayette. Precisamente llegando al final de esta calle se llega a Kreuzberg, uno de los barrios multiculturales por excelencia de la ciudad donde, al más puro estilo de Lavapiés o el Raval, un sin fin de inmigrantes, punkis y artistillas desaliñados conviven en caótica armonía con cientos de recónditos cafés, decrépitos bares y puestos de Dönner Kebab. Sin embargo, este barrio esconde también uno de los mayores tesoros para los amantes de la música electrónica.

Bordeando el Landwehrkanal, la calle Paul Lincke-Ufer no parece a primera vista albergar la que muchos han coincidido en calificar como la mejor tienda de vinilos del mundo. Con todo, encontrar Hard Wax se convierte en tarea harto complicada si no contamos alguien que guíe nuestros paseos previamente. El truco reside en fijarse en las gastadas letras que encabezan un sombrío pasadizo de cemento grisáceo. Tras pasar un pequeño patio y llegar al final del camino, un discreto portal parece la única alternativa posible. A medida que vamos subiendo por las escaleras van apareciendo las primeras pegatinas y pintadas, símbolo de que nos encontramos en el buen camino. Y como si del célebre rastro de miguitas del cuento se tratara, nuestros pasos van dejándose guiar por los cada vez más numerosos logos de garitos, colectivos y de la crème de la crème de la industria discográfica. Y así hasta que, llegando a la tercera planta, las pegatinas invaden casi el cien por cien de superficie de las puertas metálicas que dan acceso a la tienda.

En Hard Wax uno puede encontrar casi de todo, y encima a buen precio: desde las últimas novedades de sellos como M_nus, Perlon, Playhouse, B-Pitch o Pokerflat hasta un buen número de joyas que un buen día salieron de los estudios de Larry Levan, Steve Poindexter, Adonis, Patrick Adams o Kraftwerk. Y eso sin olvidar al niño preferido de la casa o, lo que es lo mismo, uno de los productores que más ha aportado al panorama techno durante el pasado 2005: Sleeparchive. Vamos, que todo el que visite esta meca de la electrónica se pasará con toda seguridad horas y horas rebuscando entre cajones repletos de vinilos y, lo que es peor, saldrá de allí con un buen roto en el bolsillo. Por fortuna para éste, las tiendas de discos tienen sus horarios, de forma que a las ocho de la tarde no nos quedará más remedio irnos. Una buena hora para dirigirnos a nuestra habitación y descansar un poco. Estamos en Berlín, y la noche se presenta larga, muy larga.